Señal, Bendición y Galardón - Parte 2

Mayo 15, 2017
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Deseables son más que el oro, y dulces más que la miel que destila del panal. Tu siervo es además amonestado con ellos; en guardarlos hay grande galardón” (Salmo 19:7–11). “Ni penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de
cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido” (Mateo 5:17,18).

Caigamos en cuenta que, en concordancia con este pensamiento, el Señor Jesucristo, poco antes de partir, oró así: “Padre, he manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran y me lo diste, y han guardado tu palabra. No son del mundo como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en tu verdad, tu palabra es verdad” (Juan 17:6,16,17). Y el apóstol Pablo a su vez nos dice: “Pues la voluntad de Dios es vuestra santificación…. Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación. Así que, el que desecha esto, no desecha al hombre, sino a Dios, que también nos dio su Espíritu Santo” (1 Tesalonicenses 4:3a,7,8). Y el apóstol Pedro concluye: “Elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo: Gracia y paz os sean multiplicadas. Como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir” (1 Pedro 1:2,15).

El máximo mandato, pues, es la santificación permanente, mediante la obediencia permanente. Entonces, es por la obediencia por donde hay que empezar, en donde hay que permanecer, y con lo cual terminar. Jehová Dios, el Padre Eterno, lo expresa así en Levítico 20:26: “Habéis de serme santos, porque yo Jehová soy santo, y os he apartado de los pueblos para que seáis míos”. Como se puede observar, ser santo, según Dios, es estar “apartados”; es ser “diferentes”. ¿Diferentes a qué o a quienes? El versículo dice, “a los pueblos”. ¿a cuáles pueblos? A aquellos pueblos o masas que nos rodean, y que en su mayoría no se rigen por la Palabra de Jehová Dios, no tienen conciencia de su autoridad y señorío, y tampoco desean hacer su voluntad; es más, desprecian y hasta combaten la voluntad de Dios expresada en su palabra. Por ello Jesús oró: “Los que creen en mí, No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Juan 17:16).

Entonces, ser creyente genuino en Jesucristo, es mantenerse en el proceso de santificación permanente, mediante la obediencia. Es permanecer en su palabra, hacer Su voluntad allí expresada, parecerse entonces al Creador, ser parte de Su pueblo santo, y adquirir voluntariamente Su carácter para reflejar Su imagen. Por complemento, ser santo es no parecerse a las mayorías, que por naturaleza son incrédulas, rebeldes y desobedientes. Y, por el contrario, no permanecer hasta el fin en obediencia y santificación, es prueba inequívoca de que no hay genuina conversión ni segura salvación.

Santificarse es, pues, la práctica de una vida separada del sistema de valores y principios que rige al mundo, pero unida a la presencia santa de Dios, en Cristo Jesús, mediante la obediencia a su santa palabra, y en comunión con el Espíritu Santo.

¿Por qué plegarnos a este proyecto de vida? R/ Porque no hay sino dos reinos: El reino de la luz de Jehová Dios, y el reino de las tinieblas del maligno. Tanto el uno como el otro son definitivamente diferentes y antagónicos. Levítico 11:44,45b dice: “Porque yo soy Jehová vuestro Dios; vosotros por tanto os santificaréis, y seréis santos, porque Yo Soy Santo…. Seréis, pues, santos, porque Yo Soy Santo”. Levítico 20:7,8: “Santificaos, pues, y sed santos, porque Yo Jehová soy vuestro Dios. Y guardad mis estatutos, y ponedlos por obra. Yo Jehová que os santifico”.

Se trata entonces de parecerse a Él: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá a Dios” (Hebreos 12:14). Así que el cristianismo es más que una religión de símbolos, objetos, lugares, repeticiones, personajes vivos o muertos, tradiciones, rituales o liturgias huecas. El cristianismo, por el contrario, es el máximo desafío que un ser humano puede recibir en este mundo, y el máximo privilegio que se puede vivir en esta vida, ya que le permite al creyente experimentar en su alma el poder de la palabra de Dios en toda su dimensión, lo cual le permite a su vez reflejar el carácter santo de su Creador en su andar diario, y entonces experimentar una segura manifestación divina.

Pastor, Justo Román Acero
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